La increíble historia del creador de la marca de artículos de librería Pizzini

La marca Pizzini está impresa en el inconsciente colectivo de los argentinos como sinónimo de calidad en artículos de librería, oficina y dibujo técnico. Semejante hazaña es fruto del esfuerzo de toda una vida, la de su fundador: el italiano Claudio de Pizzini.

Hoy tiene 82 años y en sus 65 años de trayectoria sufrió varias estafas y más de una quiebra; sobrevivió a la apertura económica de los ‘70, a la hiperinflación de los ‘80, a la fiebre importadora de los ‘90, a la crisis del 2001 y soportó con estoicismo cuando las nuevas tecnologías tornaron obsoleta la rama más rentable de su empresa. Contra toda adversidad, este emprendedor siguió adelante y hoy produce más de 15 millones de productos por año, emplea a 80 personas y cuenta con una planta de más de 4.000 m2, en Vicente López, provincia de Buenos Aires.

¿Cómo hizo este inmigrante que huyó de la guerra para que su marca se convirtiera en la principal referente del mercado, elegida por millones en Argentina, Latinoamérica, Estados Unidos y Europa? La pasión y la capacidad para anticiparse cimentaron su éxito. De niño, Claudio de Pizzini vivía a orillas del Lago de Garda, en Italia, junto a su padre y a su madre, hasta que la Segunda Guerra Mundial los expulsó. En 1946, el niño y sus padres escaparon rumbo a Buenos Aires, donde se instalaron en un conventillo de San Telmo. Allí, la vida de Claudio no fue nada sencilla. Supo que era asmático cuando tuvo el primer ataque, que le oprimió los pulmones durante tres días con sus noches y preocupó a toda la familia.

Por la enfermedad y por el idioma, durante su infancia le fue difícil hacer amigos. De adolescente se veía a sí mismo débil, desgarbado, y un buen día se propuso cambiar. «Dije: yo tengo que salir de esta situación de minusvalía -porque me sentía un minusválido- y empecé a ocuparme de mi salud y de mi cuerpo», recuerda hoy. Comenzó a ejercitarse, a comer mejor y a tomarle el gusto a la independencia. Quiso tener su propio dinero y le pidió trabajo a su vecino, un fabricante de carteles de plástico. Allí aprendió a manejar las herramientas y a manipular el material



Cuando empezó a ir a la Facultad de Ingeniería, en el año 1956, necesitaba equiparse con un juego de escuadras que no podía pagar. Entonces compró una plancha de celuloide, la marcó, la cortó, y al día siguiente fue a la facultad con sus escuadras de fabricación casera. A sus amigos les encantaron y le pidieron varios juegos.

Cada vez más y más compañeros quisieron las suyas. Se le ocurrió ofrecerlas en el Centro de Estudiantes, donde quedaron asombrados por su calidad y le encargaron 200 pares. «Salí de ahí entusiasmado y después pensé: voy a tardar un siglo en hacer esto«, recuerda Claudio y se ríe «así empecé a darme cuenta de que podía ser una oportunidad de negocio».

Comienzo difícil, aprendizaje y pasión por innovar

Motivado por el éxito de sus escuadras, Claudio alquiló un galpón y empezó a producir. Repartía en su bicicleta a las librerías cercanas a la facultad. Con el tiempo incorporó a su modesto catálogo -que hoy incluye más de 600 productos- pistoletes y plantillas para dibujo técnico.

Cuando pudo reunir el dinero suficiente, viajó a Europa en busca de ideas. Allí descubrió que los europeos habían reemplazado el celuloide de sus escuadras por acrílico, menos inflamable y más noble. Tras aplicar la innovación, el emprendedor debió lidiar con la desconfianza de sus clientes. Dos años después, todos los fabricantes del rubro migraron al acrílico.

Con la llegada de los ‘90 el empresario tuvo que hacer frente a una nueva apertura económica. «La importación fue brutal», recuerda «por un lado aproveché para ampliar la línea de escritura, pero a la vez los productos emblemáticos estaban en una situación muy difícil porque una escuadra importada de Italia era más barata que la materia prima con la que la fabricábamos». Para peor, en 1993 su pronóstico se cumplió y tuvo que cerrar su fábrica modelo de mesas de dibujo. El golpe fue duro, pero una vez más, su capacidad para reinventarse salvó a la empresa: «Cuando vimos que la tecnología nos iba a restar un montón de ventas, crecimos en la parte de equipamiento para oficinas, incorporando más productos».

Hubo solo una crisis que Claudio no vio venir: la del 2001. «Fue la primera vez que vi a mi papá muy preocupado y con mucho temor a perder todo«, recuerda Cynthia de Pizzini, que trabaja como directora de Comercio Exterior en la empresa. «Igual él decidió viajar y traer una nueva tecnología, porque apostaba a que esa crisis iba a pasar, como tantas otras». Entonces desarrollaron una nueva línea de productos: los juegos didácticos, y en el año 2003 volvieron a crecer. Y no pararon.

A sus 82 años, Claudio sigue al frente de su empresa con la misma pasión y energía de toda la vida, pensando nuevos productos, atento a lo que vendrá. Al repasar su trayectoria, se considera a sí mismo, y a todos los que integran Pizzini, como «sobrevivientes exitosos», porque siempre pudieron «transformar cada crisis en una nueva oportunidad».